
Me suelo confundir con facilidad, bastante y a menudo. Suelo meter la pata en las ocasiones que requieren seriedad. Me tiemblan las piernas en lugares y momentos donde el resto está bastante tranquilo. Se me suelen subir los colores con mas facilidad aún y más cuando el resto me está mirando. Tengo algo de miedo a caminar sola, por eso suelo ir rápido, como si siempre llevara prisa. Suelo quedarme con los conceptos de la teoría, y aunque soy consciente de que debería llevarlos a la práctica, no lo hago, y si lo hago, suelo equivocarme bastante.
Soy patosa por naturaleza. Me suelo equivocar y estropeo las mejores ocasiones. A veces, con demasiada frecuencia, no sé decir que no, y cuando lo hago, suelo fallar, debería decir que sí. Suelo preocuparme más de los demás de lo que debería. No suelo prestarme demasiada atención cuando lo necesito y cuando lo hago, siempre me olvido de alguien. No suelo reprochar nada a nadie, pero sí recibo reproches cuando fallo. A veces, incluso me olvido de mí, ¡qué tonta! Suelo olvidar con facilidad los favores que hago, a veces creo que ni los hago. El resto también los olvida, aunque no los que me hacen ellos. ¡Qué cabeza la mía, olvidar los favores que me hacen! Y no sé por qué, siempre los devuelvo. Me repito mil veces que tengo que ordenar mi azotea, pero nunca tengo tiempo. ¿Dónde estará mi tiempo? Se lo habrán llevado las flores. La última vez que las vi, se llevaban también mi sonrisa, mis bonitos recuerdos e incluso mis besos y caricias. Jmmm! ¡esas flores! Siempre quise volver a buscarlas, pero no sé qué camino cogieron y tengo miedo. Vuelvo a mi rincón. ¡Claro, mi rincón! ¿Todo el mundo tiene un rincón, verdad? Yo a veces salgo, pero normalmente prefiero permanecer. No me puedo permitir el lujo de volver a equivocarme. Antes no estaba sola allí. El resto salieron, dijeron que iban en busca de nuevas experiencias. Quizás las encontraron. Ese día lloré. Yo quería salir, pero tenía miedo de fracasar. Luego no sabría dónde ir, quizás ellos me abandonarían. ¡No! Decidí quedarme. Todavía no ha vuelto nadie desde entonces. Es cierto que a veces pasan por aquí, pero sólo eso, pasan, miran y se van.
Hoy, por fin, he vuelvo a ver mi sonrisa. Aquella que se llevaron las flores. La he vuelto a ver de nuevo. He visto a alguien. Se acerca poco a poco. Cada vez más. Debió acercarse cuando no estaba mirando, porque me dejó un regalo. Cuando lo abrí, descubrí que era mi sonrisa envuelta en caricias y besos. He vuelto a sonreír. Además, había una tarjeta. Decía que me devolvía todo aquello que había olvidado, aquello que se llevaron las flores. También decía que traía muchas cosas más. Cosas que me hacían falta. Recuerdos. Y sobre todo fuerzas para volver a vivir. Decía que los recuerdos debía conservarlos muy bien, pues recuerdos tan bonitos no debían olvidarse. Que una vida sin recuerdos, no era vida. Aunque siempre había que tenerlos como lo que son, sólo recuerdos… Por último, decía que no quería molestar ni mucho menos, pero que para poder regalarme todo y más, necesitaba que le dejara entrar. Tenía que entrar para poder salir. Para poder sacarme y empezar a vivir.
Y una vez más… no. Sé que no es una vez más. Sé que es diferente. Tampoco. No es diferente, no se parece nada a lo que antes vi. Es algo nuevo. Creo que le estoy dejando entrar poco a poco. Siempre que lo hice rápido, se esfumó. Ahora he dicho lo que dejé de decir. Lo digo sin miedo. Lo digo alto. Lo dijo bajito. Lo digo al oído. Lo digo, que es lo que importa. Y es que se lo digo. Se lo digo a esa persona que va ganando terreno. Nunca hice las cosas tan despacio. Bueno, sólo una vez. Un recuerdo que se va desvaneciendo. Aunque muy lentamente. Puede que sea el momento de empezar a olvidar. Terminar con aquel recuerdo y empezar una realidad. ¿Por qué no? La vida se basa en segundas oportunidades.